
Abrió los ojos, y tuvo la sensación de que millones de pequeños alfileres se clavaban en sus retinas. Poco a poco fue adaptándose a la nueva iluminación. Se hallaba en una especie de cueva, pero su tamaño era mayor a cualquier construcción que hubiese conocido jamás.
Desde una alta suerte de bóveda, entraba la luz del sol a través de decenas de agujeros circulares realizados con diferentes inclinaciones. Los haces de luz se proyectaban directos al suelo, como los cañones de iluminación de un grandioso teatro.
Él sin embargo se hallaba tendido en un lateral oscuro, tan oscuro que apenas podía ver sus propias manos delante de su cara. Pudo calcular que la cornisa en la que se encontraba estaba a 4 ó 5 metros del suelo en donde los cañones de luz natural, iluminaban a cientos de personas que caminaban con paso apurado y que desaparecían de su vista en cuanto abandonaban el nítido perímetro iluminado, unos segundos más tarde, aparecían de nuevo en el siguiente círculo de luz. Si no fuese por el dolor, si no fuese por el temor, la escena, incluso le podría resultar algo cómica.
En el borde de la cornisa en la cual se hallaba, pudo ver las siluetas de dos personas, un hombre y una mujer. A sus oídos llegaban palabras sueltas, pocas… pero indudablemente delataban una fuerte discusión, sobre todo las del varón. Tras unos segundos, el hombre avanzó unos pasos hacia el borde de la cornisa y desapareció en la oscuridad, ¿pero hacía donde?
La mujer se giró y avanzó hacia él. Stephen sintió miedo, intentó quedarse completamente inmóvil y cerró los ojos…
Ella se tumbó a su lado y lo abrazó, él se dejó hacer, se sentía débil y necesitaba calor humano. De nuevo una pequeña punzada, de nuevo un pequeño dolor, de nuevo un embriagante alivio. Cerró los ojos y se durmió…
Título: Stephen III \ Género: Ficción \ Autor: El Susurrador \ Imagen: Internet




